“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”
Hace más de 120 años Colombia perdió Panamá.
Pero quizá lo más grave no fue perder el territorio. Lo verdaderamente grave fue no haber entendido lo que significaba. Panamá no era simplemente una provincia distante, selvática y difícil de gobernar. Era —y sigue siendo— uno de los puntos geográficos más estratégicos del planeta: una estrecha franja de tierra capaz de acercar dos océanos y modificar para siempre las rutas del comercio mundial. Colombia tuvo esa ventaja en sus manos. No supo convertirla en desarrollo.
Hoy, más de un siglo después, la geografía parece ofrecernos una segunda oportunidad.
Esta vez se llama Chocó.
El Gobierno colombiano acaba de volver a poner sobre la mesa una idea que durante décadas ha aparecido y desaparecido de la agenda nacional: construir una conexión interoceánica que comunique el Atlántico con el Pacífico a través del territorio chocoano.
Y esta vez hay un elemento que no puede pasar inadvertido: la propuesta fue planteada en presencia de algunos de los mayores inversionistas y empresarios de Colombia, dentro de una estrategia que busca comprometer capital público y privado con la transformación del departamento. El Gobierno anunció que estudiará dos alternativas: un canal interoceánico o un ferrocarril que conecte el Urabá antioqueño con un puerto de aguas profundas en el Pacífico chocoano.
La idea, además, no nació ayer. Existe los estudios de prefactibilidad de un corredor ferroviario de 222,3 kilómetros entre el Pacífico y el Caribe, con dos puertos estratégicos. Pero esta vez hay algo diferente. El país parece estar empezando a comprender que no estamos hablando simplemente de construir una carretera, un puerto o una línea férrea. Estamos hablando de cambiar la geografía económica de Colombia.
Panamá nos enseñó lo que significa un canal. Su construcción fue una de las grandes obras de ingeniería de la historia moderna y convirtió a Panamá en una pieza fundamental del comercio mundial.
Pero hay una ironía histórica que Colombia no debería olvidar. Durante siglos se habló de construir un paso interoceánico por Panamá. Los franceses comenzaron finalmente la construcción en el siglo XIX, pero fracasaron por problemas financieros, técnicos y sanitarios. Posteriormente Estados Unidos asumió la construcción y el canal comenzó a operar en 1914. Colombia, mientras tanto, observaba. Y perdió el Istmo.
Panamá, en cambio, terminó convirtiendo su posición geográfica en una de las mayores ventajas económicas de América Latina. Esa es la lección que deberíamos aprender.
La geografía por sí sola no produce riqueza. La riqueza aparece cuando un país tiene la visión, las instituciones y el capital para convertir la geografía en infraestructura.
Y ahí está el desafío del Chocó. El departamento más pobre podría estar sentado sobre una de las mayores oportunidades estratégicas del país. Resulta casi absurdo. El Chocó es uno de los territorios más pobres de Colombia y, al mismo tiempo, es el único departamento colombiano con costas sobre los dos océanos. Tiene una ubicación que cualquier país del mundo consideraría estratégica. Tiene una biodiversidad extraordinaria. Tiene recursos naturales. Tiene acceso a dos grandes espacios marítimos. Y está situado frente a una de las grandes rutas comerciales del planeta.
Sin embargo, durante décadas Colombia ha tratado al Chocó como si estuviera en la periferia del mapa. Quizás el problema nunca fue el Chocó. Quizás el problema fue la mirada de Colombia sobre el Chocó.
Mientras el país construía carreteras, aeropuertos, puertos y grandes ciudades en otras regiones, el Pacífico colombiano permanecía aislado. Y cuando un territorio permanece aislado durante generaciones, la pobreza deja de ser una circunstancia y termina convirtiéndose en una estructura.
Por eso una conexión interoceánica podría significar mucho más que mover contenedores.
Podría significar romper el aislamiento económico de todo un departamento.
Hay que entender algo fundamental. La propuesta no necesariamente debe plantearse como una guerra comercial contra Panamá. El proyecto podría ser complementario al Canal de Panamá y funcionar como un corredor logístico adicional entre los puertos del Atlántico y del Pacífico. Y esa puede ser precisamente la visión correcta. Colombia no necesita destruir la ventaja de Panamá. Necesita construir la suya.
El comercio mundial está cambiando. Las cadenas de suministro buscan nuevas rutas, mayor seguridad, eficiencia logística y alternativas frente a la concentración excesiva de determinados corredores. Eso no significa que Panamá vaya a desaparecer ni que Colombia vaya automáticamente a sustituirlo. Significa algo mucho más sencillo:
Las grandes rutas comerciales necesitan alternativas. Y Colombia tiene una posición geográfica privilegiada para ofrecerlas. Pero aquí comienza la verdadera discusión: Una obra de esta magnitud puede transformar el Chocó. También puede destruirlo. No podemos cometer el error de pensar que cualquier megaproyecto es automáticamente progreso.
El Chocó no es un territorio vacío. Allí viven comunidades afrodescendientes e indígenas con derechos territoriales y culturales que deben ser respetados. Y estamos hablando, además, de uno de los territorios ambientalmente más sensibles del planeta.
Por eso la pregunta no debe ser simplemente: ¿Podemos construirlo?
La pregunta correcta es: ¿Podemos construirlo sin destruir aquello que hace único al Chocó?
Si la respuesta es sí, Colombia debería tener el valor de hacerlo. Si la respuesta es no, deberá tener la inteligencia de buscar otra solución. Pero lo que no podemos seguir haciendo es permanecer inmóviles.
El verdadero peligro no es construirlo. Es no construir nada
Colombia tiene una larga tradición de grandes anuncios que terminan convertidos en estudios; estudios que terminan convertidos en documentos; y documentos que terminan archivados. El Chocó no necesita otra promesa. Necesita una transformación real.
Una conexión interoceánica debería venir acompañada de puertos modernos, zonas logísticas, energía, agua potable, educación, salud, conectividad digital, vivienda y oportunidades empresariales.
Porque si el tren pasa por el Chocó, pero la riqueza sigue pasando de largo, habremos construido una infraestructura extraordinaria sin haber cambiado la vida de sus habitantes. Ese sería el peor de los escenarios. El Chocó no puede convertirse simplemente en el lugar por donde pasan las mercancías de otros.
Tiene que convertirse en uno de los grandes beneficiarios de ese movimiento económico.
Si el proyecto genera tarifas portuarias, servicios logísticos, empleo, industria y nuevas actividades económicas, una parte sustancial de esa renta debe permanecer en el territorio.
No puede ocurrir nuevamente que la periferia ponga el territorio, el ambiente y el esfuerzo, mientras los beneficios terminan concentrados en Bogotá, Medellín, Cartagena o en capitales extranjeras. El desarrollo del Chocó no puede consistir en construir una gran vía para sacar riqueza del departamento. Tiene que consistir en construir las condiciones para que la riqueza también se quede allí.
Esta vez Colombia tiene que pensar en grande
Hay algo profundamente simbólico en esta historia. Hace más de un siglo, Panamá demostró que una obra interoceánica podía transformar completamente un territorio.
Ahora Colombia tiene la posibilidad de intentar algo semejante en el Chocó. Pero esta vez no deberíamos hacerlo para que otros se beneficien.
Deberíamos hacerlo para integrar definitivamente al Chocó a Colombia y Colombia al mundo. Para convertir una región históricamente olvidada en un centro de comercio internacional. Para conectar el Pacífico colombiano con los grandes mercados del mundo. Para crear empleo y riqueza donde durante décadas solamente hemos administrado pobreza. Y, sobre todo, para demostrar que el desarrollo de Colombia no tiene por qué seguir concentrándose en el mismo corredor económico de siempre.
Una segunda oportunidad. La historia ofrece pocas segundas oportunidades. Colombia tuvo una con Panamá. La perdió. Hoy la geografía vuelve a tocar nuestra puerta. Esta vez no es Panamá.
Es el Chocó.
Y sería imperdonable volver a mirar hacia otro lado.
Por supuesto, habrá estudios que demostrarán las dificultades. Habrá quienes digan que es demasiado costoso. Otros advertirán sobre los impactos ambientales. Algunos dirán que no es viable. Otros recordarán que ya se han anunciado proyectos semejantes que nunca llegaron a ninguna parte. Todos tendrán razones. Pero los grandes proyectos que transformaron la historia de las naciones nunca nacieron de la certeza de que serían fáciles. Nacieron de una visión.
El Canal de Panamá no se construyó porque fuera sencillo. Se construyó porque alguien entendió que su valor estratégico podía superar sus dificultades. Colombia necesita exactamente esa clase de visión. Pero también necesita algo que históricamente le ha faltado:
continuidad.
El proyecto no puede ser de un presidente, de un partido político o de un gobierno. Debe ser un proyecto de Estado.
Debe tener estudios técnicos rigurosos, financiación transparente pubico-privada, participación real de las comunidades, protección ambiental y un modelo económico que garantice que una parte sustancial de la riqueza permanezca en el territorio. Y debe tener algo más: ambición nacional. Porque si Colombia logra hacer eso, el proyecto podría ser mucho más que una conexión entre dos océanos. Podría ser la conexión entre dos Colombias: la Colombia integrada, desarrollada y conectada al mundo, y la Colombia olvidada durante siglos.
Hace 120 años Colombia perdió Panamá por no entender el verdadero valor de nuestra geografía. Hoy, la historia nos está ofreciendo una segunda oportunidad. Y con el liderazgo y la iniciativa del actual Gobierno, tenemos la responsabilidad de aprovecharla.
De una vez por todas, entendamos, aprovechemos y descubramos el verdadero valor del Chocó.
Sería imperdonable que, dentro de otros cien años, nuestros nietos tuvieran que preguntarnos por qué, teniendo nuevamente la oportunidad de cambiar la historia, preferimos quedarnos lamentándonos por lo que no fuimos capaces de hacer.
Esta vez sería mejor, no estar condenados a repetir la historia.
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