En estos días la nostalgia galopa como una Batalla de Flores a la 1 de la tarde. Desbordada e incontrolable. Llena de imágenes y miles de colores. Como un caracol marino donde suenan todas las músicas del mundo.
Discurre entre la Vía 40 y la 44, para retornar, flashback, a mi infancia, en Mamatoco, un sábado de Carnaval a las 4 de la mañana.
Ese día, madrugábamos. A esa hora comenzaba el ritual mágico de los congos de Galapa y las cumbiambias de Malambo subiendo por la calle principal hacia la Iglesia San Jerónimo.
Cerraban el desfile los Diablos Arlequines de Sabanalarga, botando candela e iluminando la calle algo polvorosa y a esa hora en penumbras. El roce de sus espuelas y cuchillos en los zapatos producían chispas que iluminaban nuestros rostros de asombro.
El jefe de la tribu de esa comarca, mi hermano Donaldo Duica, no cesaba de hablar, sacar apuntes y mamarle gallo a todos los que nos congregábamos en la puerta de la casa de mi madre, que con un termo de tinto nos ayudaba a despabilar.
Era algo maravilloso.
Cuando pasaba el último grupo folclórico y se concentraban en la plaza de la iglesia a pagar sus ‘mandas’ a San Agatón, santo patrono del Carnaval y milagroso de la época, corríamos a alistarnos para continuar con el ritual que concluía con una procesión donde los borrachos cargaban al santo, en medio de maicena y ron, y el párroco con rostro adusto apuraba el cortejo tratando de exorcizar el fantasma del Carnaval.
Las horas pasan rápidas. Ahora me encuentro en el primer Salón Burrero de mi vida. Salón Dorado, de Héctor Avendaño. Me recuerdo al lado de un traganíquel esperando que un borracho introdujera una moneda y marcara una canción, sin saber que tenía la opción de una segunda, para programar yo ‘Dónde va José’, del jefe Daniel Santos.
Ahora mis recuerdos se instalan en el barrio Rebolo en Barranquilla, donde de la mano de mi amigo Luis Ibarra, conocí la esencia de la fiesta. A las doce del día todos esperaban uno de los disfraces más aplaudidos en esa época. Un hombre con una capa aparecía a bordo de un caballo. Descendía del animal y ante la mirada de todos se abría la capa. ¡Centella!
Después, como todo congo que se respete, desfilaban los últimos danzarines del Congo Grande o de El Torito, para unirse a la Batalla de Flores que a la 1 de la tarde discurría como un barco ebrio y danzante por la carrera 43.
Las verbenas ‘A pleno sol’, ‘Almirantes de San José’, ‘Los macheteros’ no podían faltar con los picó ‘El sibanicú’, ‘El Rojo’, ‘El coreano’ y ‘El gran Ché’.
Ahora estoy instalado en La Troja, con su Taller Musical ‘El goce de lo nuestro’ y ‘La Troja a la calle’, con su aquelarre de extranjeros locos por la rumba y el salsero disfrutando de nuestra música vernácula.



Se me viene a la memoria mi hermano Edwin Madera, con su sonrisa plena y nerviosa ante el ‘taqueo’. Es el verdadero Carnaval. En su escenario natural: la calle.


Me veo izando la bandera en la Gran Noche de Tambó, la primera, del siglo pasado, con Lisandro Polo y todos los amigos que inauguraban este escenario, en la Plaza de la Paz, donde se va a bailar cumbia de verdá verdá.
Ahora mis recuerdos brincotean entre la Vía 40 y la 44, viendo a las cumbiamberas levitar a lo largo del desfile, bajo el galanteo de los parejos y ellas evadiéndolos con el ‘gajo’ de espermas.
Son las 5 de la tarde del sábado 13 de febrero de 2021. No se escucha la canción lejana de otras épocas. Me asomo a la ventana y todo transcurre normal. Nadie tiene prisa. A pesar de que en una hora todos deben estar en sus casas. Toque de queda y ley seca.

Llega el reporte de Ministerio de Salud sobre las estadísticas y contagiados de Covid-19 en Colombia. Me sirve de ancla. Me recuerda que esta tregua en la fiesta es para preservar la salud y la vida.
Como en la danza del Garabato, la vida es la que triunfa en esta lucha contra la muerte.
Acudiendo a las frases salvadoras de mi amigo Edwin para estos casos, ‘No le pares bola’ y ‘cógela suave’, en dos horas más decido dormir.

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